La tierra mojada


Viajar es como renacer. Siempre lo he pensado. En los viajes uno siempre piensa las cosas con más detenimiento y normalmente se olvida de la rutina y lo cotidiano. Desde hace unos años en fechas como Carnaval, Semana Santa y/o puentes me he ido de road trip con mi mamá por oriente. Pasamos fijo por Puerto La Cruz, Maturín y Caripe/Teresen. Yo desde hace unos 10 años odié este último destino porque me parecía un pueblo aburridísimo y una gran pérdida de tiempo. Este año fue diferente.

Estando en Maturín, durante Semana Santa, algo me decía que tenía que ir para allá, además del hecho que estuvieran mis primos bellísimos (en serio, literalmente, son BELLOS), era ese "no sé qué" que te mueve a hacer algo y te preguntas "¿Qué demonios me sucede?", pero igual lo haces. Quizás fue esa canción de Drexler que en una frase dice "me cuesta olvidar el olor de la tierra mojada" porque ese olor es mi niñez en pleno. Y así, decidida me fui a Teresen y con sinceridad, es lo mejor que he hecho este año.

Teresen es un pueblito de antaño donde vivió prácticamente toda mi familia. Es de estos pueblos que sólo tienen una cancha, una escuela, una iglesia, uno de casa cosa. Teresen tiene muchas casitas, con jardines, con flores, con ese toque colonial y coloquial característicos de los pueblos viejos. Teresen es chiquito, compacto, un "infierno grande" (como dirían las malas lenguas) donde todo el mundo se conoce. Teresen es frío, como Mérida me han dicho, y sobre todas las cosas es la cuna de muchos recuerdos lindos de mi infancia.

Puedo asegurar que yendo para allá este año volví a mi ninez y a mi esencia. Todavía me sorprende que no me importó en lo más mínimo desprenderme del celular, no tener twitter, no recibir nada y estar sin señal, porque resulta que cambié todo eso por mi familia y mis raíces. Cambié mi Caracas desenfrenada y tecnológica por mi abuela hermosa, mis tíos, mis primos, por el fondo de una casa lleno de cafetales, por esa carretera eternamente sin asfaltar, por los muchachos jugando truco en el porche, por una naranja recién bajada del árbol, por el abrazo de mis niñas de 8 años, por la sonrisa de ellos y ellas, por una noche fría, humeda, por el cantar de los grillos y las cigarras, por ese amanecer que me recibió con un sol radiante y bien bonito. Por las cosas sencillas que me hicieron la vida grandotota.

Este viaje me hizo madurar, espiritualmente. Me di cuenta que la felicidad no está en lo que hagas, sino con quien lo hagas y por eso quiero seguir yendo a Caripe, a Teresen, en donde las sonrisas nacen solas, sin esfuerzo; donde se cosechan frambuesas, moras y memorias especiales; donde el día resplandece y la noche no da miedo; donde la vida se vive tranquilo, como debería ser. Quiero ir de nuevo, muy pronto y muchas veces a Teresen. Mi Teresen, este sitio mágico en donde se respira paz, serenidad, amor y por supuesto, también, el olor de la tierra mojada.

Comentarios

CB ha dicho que…
Regresar al sitio que te vió crecer siempre despierta sentimientos de nostalgia, y en este caso nostalgia de la buena. Si bien el pasado hay que dejarlo atrás, también es el responsable de las personas que somos hoy.

Mi cruzada más reciente me llevo al sitio donde también me llevaban en contra de mi voluntad cuando era niño. Donde corría, andaba en bicicleta y obtuve el 80% de las cicatrices que reposan sobre mi humanidad. Sin embargo no recorro el pasado por nostalgia, sino tratando de encontrar el punto exacto en el que perdí mi camino.

De cualquier modo, el calor familiar te permite sentir que perteneces a algún lado, y creo que ese fue el reencuentro más valioso de tu viaje.

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