El tumbao' que tienen los guapos al caminar...

Hace más de un año me mudé del centro al este de la ciudad. Sin duda alguna fue un cambio radical, en la "montaña" donde vivo no se escucha ni un alma en las noches, es tranquilo, mientras que en San Juan siempre hay gente en la calle, gritos, bulla, música y risas. 

La parroquia San Juan tiene su encanto particular y volví a darme cuenta de eso hace poco. Más allá de todo lo que representa San Juan para mí, porque crecí e incluso me casé allí, es una cuestión de sabor, sabor caraqueño. 

Por donde se mire, la parroquia es pintoresca. Hay edificios altos y casitas tipo coloniales, hay carros último modelo y niños en bicicleta, hay mujeres ejecutivas y hombres vendiendo café en termos individuales, hay una iglesía evangélica chiquita donde cantan todos los domingos y una iglesia católica grandota, donde me perdí cuando tenía 7 años. Es una cajita de sorpresas de la que sigo enamorada.

Todos los fines de semana voy para allá a visitar a mi familia y a reencontrarme con lo que soy, con lo que no tengo en el este -del este, jeje-; además aprovecho hacer varias cosas por ahí porque son mucho más baratas. El jueves pasado fui a sacarme la sangre y recordé una de las razones por las que me gusta San Juan: El tumbao'.

Yo iba apurada, con hambre, sueño y dolor de cabeza al laboratorio. Me tocaba pasar por la esquina donde se reúnen tipos a hablar grama y piropear mujeres. La llamo la esquina "paradójica" porque es detestable pasar por ahí y que los tipos te digan cualquier babosada, pero cuando no lo hacen uno se siente extraño. Con toda mi amargura me acerqué rápidamente y un chamo, como de 23 años, se me atravesó para decirme: "Buenos días, mujer hermosa". No pude evitar contestarle "Buenos días" y sonreír. Los que estaban con él se rieron y lo chalequearon, mientras yo seguí mi camino pensando que no todos los hombres de la esquina son despreciables.

Fui al laboratorio y al devolverme debía pasar por un sitio donde unos obreros estaban trabajando. Con menos amargura que antes, pero reticente, caminé hacia ellos, uno me abrió paso y estirando el brazo, dijo: "Que pase un buen día, señorita". También respondí "Gracias, igualmente" y me fui con mi sonrisota, pensando en ese "no sé qué" que hace a mi parroquia tan especial.

No se puede negar que también tiene sus cosas malas. Como en cualquier sitio de Caracas hay gente maleducada, pedante, necia, cuadrada. A veces no sólo se escucha música, sino también balas. Sin embargo, las sonrisas de los vecinos, el miamoreo' del centro de Caracas, el flow, no lo tiene todo el mundo y esas son las cosas que se extrañan. 

Lo bueno es que la esencia "Sanjuanera" no se pierde, y a la gente que creció en la parroquia nadie nos quita ese tumbao'. 

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