Por una cabeza



¡Ja, qué vida la mía! Todos los días me despierta el sonido de los carros, los pitos, los niños gritando, las mamás regañando, el silbato del fiscal que siempre se para en esta calle, pero no logra que los carros avancen y el tranque se despeje. A veces pienso que su trabajo es más inútil que el mío, ¡bah! No lo pienso, estoy seguro: por lo menos yo adorno la ciudad.

¡Para lo que quedé, para adornar! ¿Quién lo hubiera dicho? Yo: a quién millones de personas admiran, yo: físico, filósofo, inventor, escritor, matemático, científico. Yo: el “personaje del Siglo XX” según la revista Time, quedé aquí, en el medio de una pequeñísima ciudad, empotrado en una estructura, cubierto de grama, a merced de las palomas y de los turistas que con sus diferentes acentos dicen: “ay, ven tómame una foto con esta escultura graciosísima”.

Doy risa, lo sé. ¿Si me iban a inmortalizar de forma graciosa por qué no usaron la famosa foto donde estoy sacando la lengua como un pelao de la generación Z frente a una cámara? ¿Por qué los pelaos sacan la lengua frente a la cámara? Nunca entenderé bien el narcisismo, o a la generación Z, o a los millennials, a los que catalogan como el nuevo mal de la humanidad. ¡Qué manía la del ser humano de echarle la culpa a todo, pero no verse a sí mismo!

Es difícil ver para adentro, encontrarse culpable de su propio destino, aunque a veces no se haya escogido. Yo no escogí quedar aquí como una simpática escultura, con los ojos tristes, el rostro lleno de arrugas y cara de póker, como dicen los jóvenes. Por lo menos esta vez me peinaron y no me veo tan loco. ¡Yo no estoy loco, caramba! Nunca lo estuve, pero se puede enloquecer cuando no tienes cuerpo.

¿Por qué al tal Carlos Arboleda se le ocurriría poner solo mi cabeza aquí? ¿Qué le costaba hacerme un cuerpo? Yo no iba a salir corriendo, ni me iba a poner a bailar tango, y mucho menos iba a hacer gimnasia rítmica, aunque confieso que podría haber hecho la coreografía de “oops I did it again” de Britney Spears. ¡Vamos! Esa coreografía es un clásico… Podría, pero no puedo.

Tengo 51 años aquí deseando un cuerpo, queriendo ser más que el punto de referencia de miles de personas, pero el destino que no elegí me dejó aquí y me toca seguir los días, sobreviviendo a la selva de concreto, ¡qué cliché, puaj!, viendo pasar la vida y cantando mi canción favorita: “Por una cabeza, de un noble potrillo que justo en la raya, afloja al llegar”. 

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