A la gatita que me eligió


A Minerva: mi bolita, mi chiquitica especial.

Dicen que tú no eliges al gato, que el gato te elige a ti. Qué dicha que me hayas elegido, Minerva. Qué dicha haberte dado la vida que merecías. 

Desde que te vi me enamoré de tu ternura, de esa carita cuchi y de ese cuerpecito redondo de apenas dos mesesitos. Llegaste y revolucionaste todo. 

Todo cambió porque nunca estabas quieta, a menos que estuvieras dormida. Y cuando dormías se iluminaba el mundo con tu carita, chinita, siempre chinita. No te importaba nada, hacías lo que querías, disfrutabas todo e incluso, a pesar de los regaños, siempre demostraste amor. 

Sabías perfectamente cuando estaba triste y te acostabas a mi lado a ronronear. Eras un motor, literalmente, con el ronroneo más duro, pero más hermoso del mundo. Me amasabas a cada momento y yo sonreía porque a tu alrededor solo podían haber sonrisas. 

Tu paso por este plano fue corto, pero lleno de alegrías. Me enseñaste a querer de formas que jamás hubiese imaginado. Me enseñaste que siempre se puede ser amable con la gente (saludaste a todos los que vinieron a la casa), que no hay que guardarse nada con la gente que amas. Y lo más importante: que hay que vivir al máximo y disfrutar cada momento.

Gracias, gracias, gracias por cambiarme para mejor, cabecita redonda. Que tu paso a la luz sea feliz y que amases muchas nubes en el cielo de los gatos.

Te amo, como el mar: infinito gigante. Te amo para siempre. 

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